Un adiós más
Era la última noche, y el silencio se había apoderado de nosotros. Ninguno sabía qué decir y, sin quererlo, nos gritábamos para permanecer juntos. Podía sentir sus pensamientos. Juro que sentí su cuerpo ardiendo: él estaba feliz, y yo también lo fui. Sus lágrimas no eran tristeza, aunque así lo dijera. Sé que celebraba —como lo hice a mi manera— la agonía de habernos encontrado y de que todo hubiera terminado. Ambos entendimos por fin lo que tanta melancolía cargaba: nos habíamos enamorado. Quisimos que el mar fuera testigo. Lo invitamos a nuestra intimidad. Él decía que la playa le daba frío, yo decía que la arena me daba creatividad, "¿qué más da?" resolvimos con abrazarnos: quizá el más largo que nos dimos jamás. ¿Qué hacen dos almas que sienten que deben caminar juntas cuando les toca separarse sin más? Ni siquiera besarnos nos salvó. Dejamos que el viento decidiera por nosotros, como antes ya nos pasó… aunque esta vez, rogando que el mar se haga más pequeño para volver a encontrarnos, para volver a ser dueños.
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