Soy de él.
He aquí tus manos que arrancaron mis ojos, dedos que alguna vez acariciaron mis mejillas, y tus labios, que mordían mi cuello y los míos, hasta hacerme sangrar, hasta hacerme brotar sin sueño. Soñolienta, descalza, con labios secos y sangrientos, arrastré mis pies contra el pavimento, mientras me jalabas con una soga de rosas rojas y violetas. Me acostumbraste a dejarme cegar por tus encantos, dulce paladar que besa con labios aliviadores, que me hacen creer que estás de mi lado. Te entregué la daga, y la usaste contra mí. Ahora, mis ojos cuelgan de tu collar brillante, un trofeo mientras mi cuerpo tiembla bajo tu aliento, mi cabeza inclinada, frágil, esclavizada por tus ojos azules. Tus lágrimas son todo lo que puedo saborear, las mías se agotaron bajo el peso de tu voz grave y demandante. Soy tuya, como un perro a su amo, leal y obediente, mientras me paseas, mientras me reclamas.
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