Si no decimos nada
Con el atardecer llegó el ocaso, y con él, el crepúsculo. Los rayos de sol moribundos tiñeron de sangre las nubes y también tu pelo. Vi tus ojos arrebolados por el reflejo del cielo a través del ventanal. Sobre la línea que separaba al mundo de nuestro balcón la luz del sol casi acababa de hundirse en el mar, un par de gaviotas atravesaron el espectáculo con la paz y la libertad que debe dar volar con alas propias. Yo las miré, y sé que tú también, porque no somos dos, somos uno partido por la mitad. Sobre la mesita del rincón, el reloj marcaba su compás con precisión, me recordaba la proximidad con tu hora de marchar. Te miré por primera vez desde que nos sentamos a contemplar la llegada del anochecer. El brillo que irradiaban tus risas falsas creció cuando tu gozo fue sincero. Ninguno pronunció palabra alguna, no hacía falta arruinar la belleza del momento con vocablos que apenas podrían rozar el significado del evento que admirábamos juntos. Te pusiste de pie y fuiste al baño. El rumor del agua corriendo acompañó los últimos alientos lumínicos del día. Sentí tus pasos acercándose por mi espalda, quería que no se detuvieran; que se acercaran a mí infinitamente. Te escuché balbucear, pero no quise entender lo
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