Los Marginados...
Bajo la sombra de la montaña, un Dios se acerca a abrir su ventana. Sus destellos relucen por todas partes en la ciudad, sin dudas, el siempre ha durado más que la misma noche. Y somos nosotros los de antes, los que llaman marginados del soberano. Somos los que adoramos más a la noche, no por viles traidores, sino por la forma en la que se amoldea a nuestro llanto, como si fuera una compañera nuestra, y no otra opulencia a la cual servir. Después de la punta, no hay brillo. Bajando como desplante por la pirámide, vamos recorriendo lo que queda de un plato de vidrio, si es que con suerte alcanzamos los cubiertos. De arrogancia he presenciado la moda en quienes portan piedras preciosas, y nunca hemos cruzado con la suerte, para pedir por diamantes en bruto. Poco a poco, nuestra carne se vuelve polvo, pero prefiero perecer en un campo muerto, donde sé que el viento me llevará lejos, a quedarme estancada entre servicio y cadena; con un mago que convierte mi lápiz en el basto servicio de la nada, y así, no tener cómo reescribir la historia a la que he sido atada. Ay de mí, ay de nosotros los marginados, quienes carecemos de fuerza para levantar nuestro mundo, a la par con los de arriba...
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