la pena que me consume
Digo que me fuerzo a integrarme, pretendo convencerme de que lo hago, pero sé sin duda alguna que ni lo intento. Me aíslo continuamente, abandonándome a mí misma y desgastando a quien se esfuerza por mí. Mis días se convierten en un martirio constante; una tortura física y mental que no cede ni un segundo. Me permito pequeños regalos, o eso creo, para facilitarme el seguir respirando. También sé, aunque no lo admita, que lo que me permito no me favorece en absoluto, sino que colabora en mi entierro. Mis supuestos regalos se tratan de cuchillas envueltas en papel de color rosa. Disfrazo lo doloroso de bonito, aún siendo consciente, para intentar disimular el dolor que yo misma me causo. Vergüenza me daría admitir lo cobarde que soy; disfrazando la tortura que yo me provoco, en vez de admitirlo y frenarla. La gente piensa que es más sencillo hablar, pero nunca se han visto en mi situación; con adicción al daño que ha crecido conmigo. El daño que siempre me ha acompañado.
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