Juanjo
Siempre llevaba las gafas un poco caídas, apoyadas en la nariz mientras leía. Cuando levantaba la vista, sus ojos —llenos de palabras y de calma— se clavaban en ti con un leve alzamiento de ceja, como si ya supiera lo que ibas a decir. Un día me llamó a su mesa, con ese tono suyo, tranquilo y firme a la vez. En la pantalla de su portátil había un texto sobre buscar el final del arcoíris. No hizo falta que me explicara nada. Entendí por qué me lo enseñaba y por qué era importante para mí. En ese gesto hubo comprensión, respeto y algo que nunca olvidaré: acompañamiento. Hoy sé, gracias a él, que el final del arcoíris existe. Y que, incluso cuando el camino es difícil, puedo avanzar hacia él siendo quien soy.
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