Inercia
Creo que era la catorce... tal vez la quince. Ya perdí la cuenta. No dolía, pero cansaba. Sus palabras ya las había escuchado antes; su mirada me era indiferente. Un beso más o un beso menos no hacían la diferencia, y el polvo -siempre- sabía a lo mismo. Uno lo sabe desde el principio: cómo va a terminar. Tratamos de darle al otro el lápiz para que escriba el final, que siempre es el mismo. Y aun así, ahí quedamos. Fingiendo sorpresa, esperando al siguiente. Observando, en silencio, quién está dispuesto a dar más.
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