Helado Sabor Pingüino
Bajo el cielo de un tiempo compartido, descubrimos el frío en un bocado, un dulce terciopelo congelado en el centro de un mundo detenido. Comías el pingüino distraído, mas yo escuché el temblor, lo más sagrado: el rastro de tus nervios, agitado, latir en un compás desconocido. Fue un pulso de ansiedad y de ternura, un ritmo que en la seda se escondía mientras el hielo hería tu dulzura. Y en esa vibración, que era solo mía, supe leer, con absoluta cura, que el alma, ante el amor, se estremecía.
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