"Grito silencioso"
He gritado en mi almohada cientos de veces. ¿Quién no? Un grito no siempre es furia. A veces es miedo. A veces es culpa. A veces es todo a la vez. Un grito es alma desbordada, es el lenguaje del dolor cuando las palabras fallan, cuando hablar no basta, cuando sentir pesa más que el cuerpo. Pero hay un grito del que pocos hablan. Un grito invisible. Un grito sin eco. Un grito que se esconde detrás de una sonrisa forzada, de unos ojos cansados, de una piel herida en silencio. Es ese grito que no busca atención, sino tregua. El que dice: “No puedo más”, aunque nadie lo escuche. Es el grito que se clava en la carne, que arde en una quemadura, que se ahoga en un vómito, que duele menos que lo que habita por dentro. Porque cuando el alma duele demasiado, el cuerpo se vuelve refugio y castigo. Y no, no es la herida lo más duro, ni la sangre, ni el ardor. Es esa tristeza sorda, ese vacío tan profundo que el dolor físico apenas roza la superficie. Ese grito… ese que no se oye, pero retumba por dentro como un trueno sin cielo… Ese es el más feroz. Ese es el más humano. Ese es el más callado. El cuerpo grita por ayuda, pero nadie escucha.
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