Fallar para lograr
¿Fallar yo? ¡Sí, claro que sí! ¿Y qué con eso? ¿Creen que por caer me quedo abajo? ¿Que no me levanto, que no sigo, que no lucho? ¡Ja! A mí me gusta fallar. Porque cada vez que caigo… me levanto más fuerte. Con heridas, sí. Con cicatrices, también. Pero de pie. Siempre de pie. Probándome a mí misma que puedo, una y otra vez. ¿Fallo? Sí. ¿Y qué? Lo acepto, lo digo, lo grito si hace falta. Porque fallar me hizo valiente. Y ustedes… ¿Ustedes se burlan? Se ríen desde su comodidad, con coronas de humo y tronos de nada. Se creen arriba, cuando nunca se han atrevido a tocar el suelo. No fallan… porque no hacen. No caen… porque no caminan. Y mientras yo me levanto con los puños apretados, ustedes miran desde lejos, con los brazos cruzados y la boca llena de juicios. Pero ¿saben qué? Siento pena. Pena por quien se ríe del esfuerzo, por quien desprecia el sudor, por quien no conoce el sabor de una victoria ganada a pulso. Yo cosecho lo que siembro. Y cuando tengo el fruto en las manos, y ustedes, con hambre, lo miran desde abajo… me río. Pero también… se los doy. No porque lo merezcan, sino porque aprendí a no ser como ustedes. Y por eso, aunque no lo entiendan… les agradezco.
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