Entre la herida y la cura
Hubo una vez —en pasillos de infancia— una risa que me quiso y luego no, una mirada que fingió ternura y jugó con mi nombre como si fuera un balón. Ella supo. Supo que me gustaba, y en lugar de callar o cuidar, se burló. No con palabras, no con violencia, sino con la risa cruel del "yo sé, y no me importa". Yo me escondí en mis cuadernos, le hablé a la tinta lo que no pude decirle, y en el aula me volví el eco de un muchacho que aprendía a fingir. Pero después —sin aviso, sin plan— llegó otra. Con voz tranquila y paso de hoja, con un alma tan ligera que no pesaba el mundo. Ella no supo lo que hizo. No leyó mis tristezas ni pidió saber, solo estuvo. Y en su estar, se abrieron ventanas en una habitación que ya no respiraba. Me habló de cosas pequeñas, del cielo, de un libro, de una flor en su cuaderno, y sin tocar la herida… la fue cerrando. No fue amor. No fue destino. Fue algo más raro: la presencia exacta, en el momento en que yo ya no creía en nadie. Una me rompió por juego. La otra me curó sin querer. Y entre ambas, sin saberlo, se escribió la historia de cómo volví a ser.
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