El Diablo
Estaba sentado en mi cama, fumando. De repente sentí un peso en el colchón al lado mío... —Que desgraciado. Reímos juntos. El pasó su brazo por mis hombros. —Me han contado que estás buscando a la Parca. Miré al Diablo, yo sabía que él se enteraría en algún momento. —Si, la estoy buscando. Dije para luego darle una calada a mi cigarro. —¿Para qué la buscas? Preguntó mi amigo. —Quiero acabar con mis desgracias o más específico... Conmigo, la desgracia. El Diablo me miró atónito. —Sé bien que hay personas peores que usted, mi estimado compañero. —Si, las hay. Pero estos sentimientos... Pareciera que tengo una maldición adentro que no deja de superarme. —Es la vida, la vida te está pidiendo mucho y te está sofocando, ¿Verdad? —Si. Respondí seco, corto, sin muchas ganas de continuar. El Diablo tomó mi cigarro y lo tiró al suelo, apagándolo. —Era mío. Reclamé. —Es muy joven para fumar. Apenas va a cumplir los 14... Y sin más, el Diablo se fué.
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