Donde se rompe el silencio
___ Hubo un tiempo en que el alma, deshilachada como el cielo al anochecer, yacía muda entre ruinas de promesas que jamás aprendieron a nacer. Era un hombre de sombras, de pasos huecos, de ojos que no buscaban, porque habían dejado de ver. Pero ella —no llegó con trompetas, ni con el estruendo de los milagros— sino con la quietud de la lluvia que no exige aplauso, pero nutre. Su voz, un susurro sin urgencia, fue bordando costuras donde el dolor abría grietas. Sus manos —sin pretensión de salvar— simplemente estaban. Y en el estar, sanó. No por magia, sino por la ternura del instante compartido, por el arte de quedarse cuando el mundo se va. Hoy, él aún lleva cicatrices, pero ya no son cadenas, sino mapas de un viaje que terminó en casa. En ella.
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