Dime un secreto
"Dime un secreto", susurró en su lecho el jazmín norteño, lechoso como un muerto y doblado como las canas ancianas. El tallo mañoso, seco en sangre mal derramada, le tejía su manta, tal madre teje un beso; tal bienvenida despide la muerte. Las alas de sus pétalos querían aletear lejos de su sombra benigna; esporas bordaba en ellos: mariposas nefelibatas en vuelo, hilarantes a la vida en sueño. El enigma del respiro, en vano, intentaba en un espejo mostrarle el lecho eterno, mostrándole ventanas que abría con cuchillo, dejando rajaduras en la vida misma, permitiendo que los colores de lo eterno la llevaran a la calma titilante en el cielo de los muertos. Algunos muertos escaparon del cielo, corriendo a consolar al jazmín, cruzando lo interminable. Cuando las grietas de la ventana cerraron, y los colores de lo eterno cesaron, su pecho dejó de inflarse, y los muertos, en alma, quedaron atrapados en el mundo carnal. Ese es tu secreto: cuando hay ojos que se atreven a mirar a las consumidas estrellas, que sepan que en vano intentan volver a su mundo. Y que sequen sus lágrimas blancas; muéstrales bondad, pues ellos alguna vez también murieron en amar.
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