Devoción
Me había convertido, sin darme cuenta, en todo lo que ella quería. Junté mis palmas, me arrodillé, incliné la cabeza y oré cuanto pude. Y sí, le estaba orando a Dios. Le estaba orando a ella. Oré por lo vivido y por lo que no pudo ser. Oré por su alma y por su amor. Oré por cada recuerdo, uno a uno, como si al pronunciarlos pudiera salvarlos. Oré hasta entender que no era fe lo que sentía. Era devoción. Porque sus recuerdos son mi Dios.
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