Amada mía
“Amada mía, ¿me ves?” Ay, amada mía, si vieras hacia atrás notarías los pasos que di descalza, las noches en que fui madre siendo niña, las veces que me tragué el llanto solo para que tú no lo vieras. Yo fui silencio en tu guerra, cobija en tus inviernos, la voz que calló para que tú pudieras gritar sin culpa. Y aún así, no me viste. Me esforcé por cambiar lo que llamaste "defectos", fui la sombra obediente, la hija perfecta, esperando —solo esperando— un “gracias”, un “estoy orgullosa de ti”. Pero tus ojos nunca se posaron en los míos. Le diste ternura a otros brazos, mientras los míos seguían vacíos. Y yo… yo no te odié. Nunca supe odiarte. Solo inventé excusas para justificar tus vacíos, mentiras para que doliera menos tu distancia. Hoy te escribo no para reprochar, sino para dejar que mi alma respire, para que sepas que, a pesar de todo, te sigo amando, aunque ya no me duela como antes. Porque merezco mirarme con amor aunque tú no hayas sabido hacerlo. Y si algún día, en medio del tiempo, decides mirarme de verdad… yo estaré reconstruyéndome, no esperando, sino floreciendo.
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