Abrazo sin rostro.
Cayó sobre mí un manto que no conoce amanecer. Ni estrellas. Ni horizonte. Solo un silencio que pesa. Su tacto es hielo, y se filtra en mí como agua que busca grietas en la piedra. No corre, no grita; susurra, y en cada sílaba hay un eco que promete que mi huida no tendrá destino. No sé si soy cautivo o elegido. Solo sé que donde mi sombra pise, ella ya me estará esperando. La luz —si alguna vez la hubo— ha dejado de buscarme. Las manos —si alguna vez me tocaron— no atraviesan esta niebla. Y entonces comprendo: no es que nadie pueda venir, es que aquí, nadie sabe que existo. Mientras me disuelvo, mi mirada se aferra a un cielo que ha olvidado su azul, pintado ahora con los colores que habitan entre la noche y el vacío. Pronto no tendré forma, seré una grieta más en este abismo inmenso que se estira para tragar a otros que aún creen caminar en la luz. Porque no hay victoria contra lo que no tiene rostro, y si ya eres sombra, solo queda volver al lugar del que fuiste arrancado.
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