A La Altura De Un Tulipán
Amada mía, Me seduce aún la paz que tu voz concebía, esa cadencia sutil con que el alma latía. Hablarte era un sosiego, un pacto silente, una tregua del mundo, tan breve, tan doliente. Tu presencia tenía un fulgor etéreo, un misterio sereno, casi hiperbóreo. No era atracción, era un eco divino, un suspiro antiguo, un destino genuino. Solía compararte con tu flor predilecta, el tulipán, tan puro, tan noble, tan recta. Su elegancia discreta imitaba tu esencia, belleza sin ruido, ternura sin ciencia. Me gustabas sin ornato, sin ropaje ni engaño, en tu gesto sincero, sin cálculo o apaño. Eras la poesía que el verbo no alcanza, la quietud del alma, su última esperanza. Hoy ignoro si fue azar, conjuro o condena, pero aún me habita tu sombra serena. Tu recuerdo persiste, tan leve y profundo, como aroma de flor que se aferra al mundo. Y aunque el tiempo transcurra con fiera decencia, aún siento en mi pecho tu leve presencia. No sé qué sortilegio dejaste en mi estancia, mas sigues brotando en mi remembranza. Con la eternidad que me quede en el alma, seguirás siendo mi herida y mi calma. Mi dulce condena, mi breve ilusión, mi tulipán imposible, mi eterna devoción.
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